“Sí, andando”
“¿Desde Barcelona hasta Madrid?”
“Sí”
“¡¿Se han vuelto locos?!”
“Tal vez”
Este fue el diálogo que tuve con un amigo cuando me
explicó por primera vez el proyecto. Yo, como cientos de personas más, no me lo
podía creer... de Barcelona hasta Madrid andando... eso... ¡era una auténtica
locura! Eso fue lo primero que pensé. Lo segundo fue que esto era irrealizable,
lo tercero fue que yo no iba a ir. Pasó el tiempo y nadie más parecía querer
hablar de ello, así que yo me lavé las manos en el asunto y pasé una temporada
desentendiéndome del tema.
Pero llegó un día en el que me vino a los oídos que
el número de peregrinos que se apuntaban al proyecto era altísimo y seguía
creciendo como la espuma. Yo no me acababa de decidir... ¿ir andando? Entonces
me planteé que tal vez Cristo me estuviera dando una oportunidad. Siempre soñé
con ser un héroe, demostrar al mundo de lo que soy capaz por una causa... y me
percaté que era mi amigo, Jesús, el que me estaba dando esa oportunidad, así
que pensé: “¿Y yo por qué no voy a ir?” Así que más rápido que el viento me
inscribí, saqué mis fieles botas de peregrino, les quité el polvo y me puse a
entrenar.
Y llegó el día, el día de partir, el día de dejarlo
todo atrás salvo las escasa mudas de un peregrino, llegó el día de iniciar la
hazaña, llegó el día... el día de iniciar esta locura de viaje.
Los primeros días fueron realmente duros y lo único
que pensaba era: ”quiero volver a casa...”, “la de cosas que estaría haciendo
con mi súper-ordenador (Ojo, no tengo Facebook)...”, “quiero comer comida de mi
madre (aún y así, la de Alessa era bastante buena)...”, “cuándo se acaba
esto...” y, el pensamiento que más se paseaba por mi cabeza era éste: “¿POR QUÉ
ME INSCRIBÍ?”
Pero fueron sucediendo los días y el caminar empezó
a gustarme, se estableció una agradable rutina de
dormir-andar-andar-rosario-ducha-meditación-misa-cena-dormir. Descubrí que se
podía vivir feliz sin tantas y tantas cosas que tenemos hoy en día, y que sólo
bastaba Cristo. También me di cuenta de lo valioso que es el darse a los demás:
cada vez que hacía un pequeño acto de servicio, por muy pequeño que fuera, me
iba llenando de felicidad.
Pero aún y así, había algo en mí que se resistía a
cambiar, ese algo me hacía comprobar una
y otra vez cuántas etapas quedaban por recorrer antes de volver a casa, ese
algo me hizo perder los nervios más de una vez y volverme egoísta. Me
preguntaba: ¿Por qué no se fijan más en mí? Yo me merezco algo más que esto...
Entonces, llegamos a Zaragoza. ¡Qué alegría volver a
ver a mis padres de nuevo! Fue una jornada estupenda, y creo que los PSP
(Peregrinos Sin Padres) también se lo pasaron bastante bien. Casi al ocaso de
ese encuentro recordé las palabras del mossèn: “Si alguien se da cuenta de que
esto no es lo suyo, que me lo diga y podrá volver con sus padres”. Era mi
oportunidad... para abandonar esta locura y volver a la comodidad y la calidez
del hogar.
Pero me negué, como hicieron con valentía todos los
peregrinos. Si habíamos llegado hasta Zaragoza habiendo pasado penurias en los
Monegros y, en general, en todas aquellas etapas en las que no se vislumbraba
el final... ¿íbamos a abandonar en la recta final? ¡No!
Seguimos caminado junto a los nuevos peregrinos. El
andar no se hizo más fácil, es más, tuve la sensación de que se complicó una
barbaridad. Volví a notar que mis fuerzas desfallecían. Y noté que se libraba
un fiero combate en mi interior. Era como si dos fieros dragones peleaban entre
sí, uno de ellos, negro y muy fuerte, me decía que yo no podía acabar ese
camino, que no era capaz, que era un blando y que abandonase cuanto antes. El
blanco, flacucho y con pinta de estar cansado se percataba que no iba a ganar
ese combate, pero se levantaba una y otra vez aunque fuera sólo para hacerme
saber que podía hacerlo, que los jóvenes podemos más de lo que la sociedad nos
hace creer, que me había comprometido a cumplir con esta hazaña...
Y comprendí el motivo de esta locura.
No era una locura... ¡¡era una locura de amor por
Cristo!!
No me había dado cuenta, pero Cristo se había
querido meter dentro de mí desde el principio del camino, pero mi egoísmo, mis
preocupaciones y mi negligencia se lo impedían.
Entonces, de Él saqué la fuerza, lancé unos gritos
de ánimo al dragón blanco y le hice ganar la batalla, hice una lista de todas
mis preocupaciones y me di cuenta de que todas y cada una de ellas eran
completamente absurdas ¿qué más me daba el no poder salir a un escenario y
ganarme unos aplausos si yo era un Hijo de Dios?
Con algo de vergüenza reconozco que, si cambié en el
algo, fue hacia la recta final del camino, me di cuenta del amor que Dios me
tenía y de lo poco que yo le había correspondido. Me percaté de lo falso que
había sido con él y de lo mucho que él me quería. Y decidí dejar que él entrara
en mi vida, pidiéndole auxilio ya que yo soy poca cosa y sin él no puedo.
Por fin, llegó el día en el que llegamos a la
penúltima etapa, la de llegar al hotel. Considero que fue la más complicada
porque no vislumbrábamos la meta. Al principio de esta etapa, pensé que sería
un paseo, pero el hotel no llegaba nunca. Traté de mantener viva la llama de la
esperanza pero mis pensamientos se volvieron inconexos y contradictorios. Me
fallaban las piernas y noté cómo el dragón negro del egoísmo volvía a reaparecer.
Miré a mi alrededor: ¡cuántos peregrinos tenían esa misma lucha interior!
Muchos de ellos seguro que ya habrían vencido y yo me veía incapaz, como tantos
otros.
Pero lo logramos, nos pusimos en manos del Señor y
llegamos al hotel.
Fue una llegada espectacular, fue la mejor
celebración de mi vida, mucho mejor que celebrar la victoria de la Champions
del Barça frente al Manchester. ¡Lo habíamos logrado! No podíamos dejar de
sonreír y pegar saltos. Pero lo mejor aún estaba por llegar.
Ahora recuerdo con mucha emoción cómo vivimos las
Jornadas Mundiales de la Juventud, gritando y cantando con el sucesor de San
Pedro: el Papa Benedicto XVI. Yo al principio pensaba que él sería un Papa
incapaz de seguir a los más jóvenes, pero comprobé que, a pesar de que su
cuerpo físico estaba gastado, su corazón era el de un auténtico joven.
Y esa noche en Cuatro Vientos fue memorable, ahí, en
medio de la tormenta, comprendí el motivo del lema de las Jornadas: Firmes en
la fe. En mi opinión, el más adecuado (el himno no tanto: fiiiiirmes en la
FÉ... fiiiiirmes en la FÉ).
Una de las cosas que más me sorprendió fue la
firmeza que mostramos todos frente a la adversidad, llegué a pensar que íbamos
a huir como ratas, pero nuestra fe y nuestro amor era mucho más fuerte que un par
de gotas de agua y soplidos de viento.
Y lo más importante, la eucaristía. Pero permitidme
escribirla en mayúscula: EUCARISTÍA. Esa misa la viví como nunca había hecho.
Realmente, fui consciente de que Cristo estaba ahí, en la EUCARISTÍA, para
darse a nosotros, ¡nosotros! ¡Nosotros, unos pecadores! ¡Hay que estar loco
para hacer algo así!
Es que Cristo está loco. Loco de amor.
Bueno, la verdad es que espero impaciente cuál será
la próxima locura: ¿Barcelona-Rio de Janeiro nadando? No creo... pero he visto
al mossén preparando unos bañadores especiales para las jornadas.
Después de esta
aventuraza, no me importaría, la verdad.
Álvaro Trius
Béjar
muy bueno álvaro!
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